miércoles, 5 de marzo de 2008

En Libia no todo se compra con dinero


Hace poco le pregunté a Claudio cuál era su bandera favorita. Naturalmente demoró en responderme. Mientras sus pupilas jugueteaban apuntando al cielo en evidente señal de cavilación, pude imaginar de inmediato que en su inquieto pensamiento, como en una larga pasarela, desfilaban extraordinarios estandartes luciendo las cincuenta estrellitas y trece barras gringas, el triangular gallardete nepalí, el arce de once puntas canadiense, la inscripción islámica y la espada árabe, el yin yang surcoreano. Transcurridos unos minutos, la decisión de mi sobrino resultó tan insospechada como concluyente. Antes que diseños enrevesados y tecnicolores emblemas, prefería la simpleza del monótono verde de Libia.

Y es que a Claudio apenas le toma unos cuantos garabatos con crayón verde sobre el papel para evocar a ese país africano de la costa mediterránea. Por eso le gusta tanto, sin imaginar si quiera que entrañe a uno de los personajes más excéntrico que haya parido el fútbol mundial. Ese hombre se llama Al-Saadi Khadafi y es hijo de la dictadura. Para ser más exacto es uno de los cinco hijos del todopoderoso Muammar Khadafi, aquel autócrata que durante la década de los ochenta fue sindicado como el promotor de innumerables atentados terroristas en Occidente que obligaron a un embargo por parte de la Organización de Naciones Unidas desde 1992 hasta 1999.

Por eso es que mi primera referencia del país de la bandera verde sean esos iracundos terroristas libios nacionalistas disparándole a quemarropa al doctor Emmett Browm, por no construirles una bomba con su valioso plutonio, en Volver al Futuro. Al-Saadi tenía apenas dieciséis años cuando se estrenó la primera entrega de la fabulosa saga dirigida por Robert Zemeckis y quizás ignoraba el poder que le darían los petrodólares de su padre años más tarde. Y es que hablar del fútbol libio es hablar necesariamente de Al-Saadi Khadafi, actual presidente de la federación de fútbol de su país, dueño del club más poderoso de Libia, Al Ittihad (La Unión), y eterno capitán de las selecciones libias durante la década pasada y principios del nuevo siglo.

Al-Saadi siempre fue como ese niño que es dueño de la pelota en las pichangas del barrio, sin una pizca de talento, pero con el poder necesario como para codearse con las estrellas. Entre sus excentricidades de rico con billetera gorda está el haber adquirido, en mayo del 2002, el 7.5% de las acciones de Juventus a través de de la empresa familiar Lafico (Lybian Arab Foreign Investment Company, brazo financiero de Muammar), logrando además la majadería de entrenar con el plantel de la Vecchia Signora, y hasta llevar a Trípoli, capital de Libia, la final de la Supercopa italiana del 2002, en la que Juventus superó 2 a 1 a Parma.

Pero ahí no terminan las extravagancias del coronel graduado en la Academia de Ingeniería Militar. Alguna vez, cuando Ronaldo yacía en cama recuperándose de su segunda operación a la rodilla derecha, se tomó la libertad de volar hasta París para visitarlo. Estando en Brasil, por un amistoso que Al-Ittihad sostuvo ante Sao Paulo (1-1) en el mítico Morumbi, solicitó conocer al fulgurante Kaká, por entonces desagarrado del muslo derecho. La cita se concretó, así como aquel amistoso (que le costó 300 mil dólares) ante Barcelona (0-5) en el Camp Nou, con palmaditas incluidas de Gerard, Overmars, Riquelme y Saviola. Sin olvidar el millón de dólares pagado a la AFA para enfrentar a Argentina en abril del 2003 (1-3).

Khadafi puede jactarse de conocer a los futbolistas más renombrados del planeta, pero si hay algo que lo llena particularmente de orgullo es poder llamarse amigo de Diego Armando Maradona. El “Pelusa” fue invitado de honor a su boda en junio del 2001, después de presenciar la final de la Copa de Libia entre Al Tahhady y Al Medina. La singular amistad empezó cuando el “10” argentino fue convocado para “colaborar en la coordinación y el desarrollo del fútbol libio” en 1999, cuando en realidad terminó dando clases particulares al nada virtuoso capitán de la selección libia. Como sucedió con el ex atleta Ben Jonson, que se convirtió en su personal trainner durante el 2000.

Y aunque sus influyentes relaciones le otorgaron cierto reconocimiento público, su carrera como futbolista siempre lindó con el fracaso. Se sabe que sus pinitos los hizo en el Al Ahly Trípoli, el segundo equipo más popular de Libia con 10 títulos de liga (1964, 1971, 1973, 1974, 1978, 1984, 1993, 1994, 1995, 2000). Como dueño del Al-Ittihad (trece títulos de liga: 1965, 1966, 1969, 1986, 1988, 1989, 1990, 1991, 2002, 2003, 2005, 2006, 2007) evidentemente vistió la camiseta roja con la “10” en la espalda durante muchas temporadas, hasta que dio el salto –no necesariamente por sus dotes futbolísticas- al Perugia de la seria A de Italia en el 2003 con treinta años cumplidos.

En el Calcio apenas jugó un partido antes de dar positivo en un control antidopaje por nadrolona, un anabolizante androgénico esteroideo, que le valió tres meses de sanción a nivel internacional. Luego de dos temporadas pasó al Udinese. Llegó a ser incluido en la lista de jugadores para la Liga de Campeones 2005-2006, pero no jugó ni un solo minuto, con excepción del último partido del torneo local ante Cagliari. La temporada siguiente ni siquiera tuvo número de camiseta. Evidentemente su estancia en Italia respondía más a un capricho pagado con los billetes con la cara de su padre (un dinar equivale a 0.84 centavos de dólar), que un premio a su esfuerzo.

Sin embargo, siempre que vistió la camiseta verde de Libia lucía orondo el brazalete de capitán. Pero ni sus más de 20 mil millones de patrimonio familiar han alcanzado para que su selección clasifique a un mundial o triunfe en algún torneo continental o siquiera regional. Ni la propuesta de organizar, conjuntamente con Túnez, el Mundial 2010, con 6 mil millones del bolsillo de papi, prosperó, ya que la FIFA denegó la organización binacional. Al-Saadi ha sido testigo privilegiado de los accidentados y siempre fallidos intentos de Libia por llegar a un mundial con retiros y suspensiones.

Entre 1930 y 1962, la selección que se estrenó con Egipto en julio de 1953 con una paliza de 2-10, no formó parte de las clasificatorias. Su primera participación fue para el mundial de 1970, pero no logró acceder. Si bien en los ochentas la selección libia se consolidó, pudiendo haber alcanzado el mundial de México 1986 si vencía a Marruecos, la posición geopolítica del país afectó el desarrollo del fútbol: se retiró de las eliminatorias a España 1982 e Italia 1990, y posteriormente la prohibiciones de la ONU le privó de participar en Estados Unidos 1994 y su abstención de pelear por un cupo a Francia 98.

Los últimos intentos para Corea-Japón 2002 (con Carlos Salvador Bilardo en el banquillo) y Alemania 2006 no pasaron de ser fugaces accesos de esperanza. Las eliminatorias al mundial asiático fueron el trampolín mediático de Al-Saadi para llegar al fútbol italiano, mientras que las clasificatorias a la última Copa del mundo le fueron prohibidas por su conocida sanción. El multimillonario hijo de Muammar sólo ha sabido de derrotas y fracasos con Libia. No logró clasificar a una etapa final de la Copa Africana de Naciones, que por cierto su país organizará el 2014, ni tampoco consiguió jamás el título el título del la Copa de naciones árabes.

Libia siempre estuvo cerca de la gloria con Al-Saadi lejos de las canchas. Como ese subtítulo en la Copa Africana de 1982, cuando fueron anfitriones, perdiendo la final por penales ante Ghana. O aquel otro vice campeonato en los juegos Panárabes de noviembre del 2007, obtenido tras perder 1-2 en la final ante Egipto, su eterno rival, con el que tuvo más derrotas (doce de diecisiete partidos) que triunfos. Con Al-Saadi otro es el fútbol, ese que su padre, en su dogmático Libro Verde describió paradójicamente así en 1969: “Los aficionados al fútbol y a los deportes son completamente idiotas, hasta el punto de que llevan a los campos de juego todas sus frustraciones e incapacidades. Son gente fracasada, desperdiciada.

Libia no sólo cambió con la llegada de la dictadura de Muammar (la autoproclamó Gran Yamahiría –estados de las masas- Árabe Libia Popular Socialista), ni tampoco sólo su bandera (que entre 1969 y 1977 fue muy parecida a la de Irak, y entre 1951 y 1969 tuvo los colores negro, rojo y verde con la luna creciente del progreso y la estrella del conocimiento, como tantas naciones mulsumanas), sino que varió del socialismo nacionalista al estilo Velasco Alvarado (u otros tiranos militares sudamericanos) a un boom económico propiciado tras la apertura de sus fronteras al libre mercado y a la exportación del crudo (un millón 300 mil barriles por día), que también generó un cambio sustancial en la manera de entender al fútbol. Seguramente pasarán muchos años para que su bandera flamee en un mundial, pero de lo que estoy realmente seguro es que Claudio seguirá pintándola obstinadamente con su crayón verde hasta que llegue ese día.